miércoles, 22 de mayo de 2019

Vida y muerte de una reina (mi reflexión sobre Juego de Tronos).




Se está hablando mucho de Juego de Tronos,en todas partes y a todas horas. Yo sigo estas publicaciones porque de algún modo he de llenar el vacío que nos dejan siempre las grandes historias cuando se terminan. Todos estos cuervos de tinta arrastran palabras negras, palabras sobre su muerte. Y al contrario de lo que pasa con las personas, muchos se aprovechan de que ya no esté entre nosotros, para hablar mal de esta amiga televisiva que nos ha acompañado durante nueve años. ¿Os podéis imaginar que cuando falleciese una persona dijésemos que debería regresar para vivir su vida a nuestro gusto? 

No somos sacerdotes rojos, no somos el flamante Rey de la Noche, no somos el abyecto Quyburn… ¡NO LA PODEMOS RESUCITAR! 

Así que os propongo recordarla tal y como era en vida, como su dios antiguo (y nuevos), la crearon…

La recuerdo joven y hermosa, cuando apenas la acabábamos de descubrir…

Mi primera impresión fue que sería una historia lo suficientemente entretenida como para ser seguida, como tantas otras. Tenía una intriga decente, espacios atractivos y personajes arquetipos que siempre funcionaban: El héroe recto, honorable y leal (Ned), los malvados viles y traicioneros (Cersei y Jaime), la niña rebelde que se negaba a seguir las normas (Arya), la heroína que sufría a causa de los tiranos (Daenerys), el joven marginado que siempre se acababa convirtiendo en el personaje más importante (Jon), algunos elementos fantásticos (los caminantes blancos)… 

Como devoradora de historias que soy, pensé que me encontraría lo que esperaba y que me iría bien con ello (como cuando sales con alguien rutinario porque sabes que es un buen hombre)…Y entonces llegó Tyrion con su elocuencia, su afilada mente lectora, su humor sin par y su cinismo para tirarme un cubo de agua en la cara mientras me decía: “¡Despierta! ¡Esto es algo distinto! Yo no respondo a un estereotipo, soy un tipo al que quieres conocer en estéreo. Quieres oír mis alegatos, mis consejos y mis chanzas, quieres acompañarme, saber quién soy y a dónde voy”. 

Ahí fue cuando me di cuenta por primera vez de que Juego de tronos sería mucho mejor de lo que esperaba, pero no sabía hasta qué punto iba a superar lo que podríamos esperar cualquiera:  Nunca había visto una historia que fuese implacable como la vida, y esta lo era. De repente, la vida del protagonista se extinguía ante nuestros ojos por capricho de uno de los antagonistas más conseguidos y repugnantes de la saga (Joffrey), en la primera temporada. Sin trampa ni cartón, sin errores. Estaba muerto pese a nuestra indignación, pese a que gritamos “¡NO!” al otro lado de la pantalla, pese a que los héroes siempre morían cuando tocaba (si es que morían). 

Tampoco estaba acostumbrada a que la heroína bondadosa y cándida en sus orígenes no derramase ni una lágrima por el malogrado y estúpido Vyseris cuando su marido lo coronó con fuego. El camino que recorrió el personaje de Daenerys de niña a madre de dragones fue apasionante y lleno de momentos sorprendentes como cuando quemó viva a la traicionera Mirri Maz Duur.

Aquello sin duda, era distinto y cuando acabé la primera temporada, sedienta de conocimiento y de emociones fuertes, leí todos los libros por primera vez.



La recuerdo cuando regresó, madura y salvaje, 
cuando creíamos que sabíamos quién era, pero esta amiga nunca se dejó conocer del todo y fue por eso, que su vida fue tan importante en la mía y en la de muchos de vosotros.

Decía el sabio Cicerón que los tres objetivos del orador tenían que ser:  docere, delectare et movere” (enseñar, deleitar y conmover) y permitiéndome la libertad de llevarme estos principios a cualquier discurso, diré que Juego de Tronos los ha alcanzado con creces.

Hemos aprendido entre muchas otras cosas: 
Que todos los hombres deben morir y qué contestarle al dios de la muerte llegado el caso, pues la vida está llena de posibilidades; 
Que todos debemos servir, que poder es poder y que reside donde los hombres creen, y que cuando juegas al juego de tronos, o ganas o mueres; 
Que la mente necesita de libros igual que una espada de una piedra de amolar;
Que el lobo solitario muere, mientras que la manada permanece, que solo el apellido y la familia importan; 
Que el amor es la muerte del deber y que el deber es la muerte del amor.

Nos hemos deleitado con las magníficas interpretaciones de los actores que han conseguido hacer de carne y hueso a los personajes, con la cautivadora banda sonora, con los imponentes paisajes que muestran la belleza de nuestro mundo y que han completado las fieles recreaciones de los espacios que aparecen en los libros; con los efectos especiales que permitieron que nos creyésemos que habían vuelto los dragones y que los cadáveres caminaban por detrás de la no muerte. 

Como amante de la literatura he disfrutado enormemente, además, con todo el amor por los libros que se desprende en toda la obra: Personajes lectores, cantares de gesta, juglares, narraciones de mitos y leyendas, recreación del guiñol y del teatro callejero que se representaba en carros, alusiones a las crónicas… 
En Juego de Tronos hay novela picaresca (Arya en Bravoos buscándose la vida o el deshonroso Bronn que finalmente consigue medrar); novela de caballerías; tragedia (recuérdese la Boda Roja), terror (nunca olvidaré Casa Austera o la escena de Arya escondida en la biblioteca), fantasía, Shakespeare (Tyrion es grotesco e inteligente cual Ricardo III, Jaime y Cersei mueren juntos como Romeo y Julieta; Sansa sufre algunas de las vejaciones de Lavinia, hija de Tito Andrónico…), etc.

Pero lo que yo me llevo, lo que yo recordaré siempre de esta historia es su capacidad para mover mis ánimos y conmoverme hasta la médula.

Amé a los personajes. A todos ellos. Por ser, por estar vivos. Por sorprenderme. 

Mi personaje favorito siempre fue El Perro. Cuando lo vi resucitar en la pantalla (en los libros había quedado bastante maltrecho y no se había escrito más), me levanté de mi asiento y me puse a saltar de alegría. Adoraba su honesta rudeza y su fondo de bondad, que se vio en las veces que socorrió a Sansa, en su relación con Arya y en aquel hermoso momento íntimo en que enterró a los granjeros (padre e hija) que les habían ofrecido su hospitalidad en el pasado.

Mi segundo preferido fue, sorprendentemente, Jaime Lannister que rompió con el prototipo de antagonista arrogante para convertirse en uno de los personajes más interesantes, complejos y simpáticos de la saga.

Por supuesto también me fascinaban Tyrion, Meñique y Varys por su inteligencia y porque su fuerza residía en gran medida en las palabras. 

Me emocionaron los personajes femeninos, todos ellos dotados de fuerza, inteligencia, independencia y determinación; desde las veteranas Olenna Tyrell ,Catelyn Stark, Melissandre y  Cersei, hasta las nuevas generaciones, con Margery Tyrell, Daenerys, Sansa, Arya, y Lyanna Mormont a la cabeza. (A la que ha escrito hace unos días que acaba siendo  una historia machista le dedicaría un “Drakaris” si pudiera, pero como no puedo, le pido que vuelva a ver la serie o que lea los libros). 

Odié con todo mi ser a los terribles Joffrey y Ramsey, los personajes más crueles, perversos y retorcidos que había visto jamás y disfruté cuando la venganza se cernió sobre ellos. 

Sentí compasión por un Theon roto (Alfie Allen me parece un genio de la interpretación), dolor por el noble Robb Stark, admiración por una grandísima Brienne de Tarth, simpatía por el ambicioso Bronn, pena inmensa e indignación por Shireen Baratheon, amistad por Sam, adoración por Jorah Mormont y Ser Barristan Selmy, respeto por el sabio Aemon Targaryen y por el honorable Jeor Mormont; cariño por Ser Davos y por el divertido Thormund Matagigantes, fascinación por Jaqen H´ghar…

¡Nos han dado tantísimo! ¡Los echaré tanto de menos hasta que Martin saque los libros que faltan..!

¿Y de la historia? ¿Qué decir de ella? Ninguna ficción me ha impactado emocionalmente de la misma manera: Me ha hecho reír,  llorar (de pena, de emoción, de alivio, de rabia), , saltar, aplaudir, gritar, enfadar, enamorar, sorprender, disfrutar, temblar, descansar… Y, sobre todo, me ha descubierto los matices que podemos tener las personas y que las cosas no son blancas o negras. Por ejemplo, todos hemos odiado a Cersei, pero también hemos sentido satisfacción cuando se venga de la Septa Unella, del Gorrión Supremo o de las Serpientes de Arena. Todos hemos deseado que muriese, pero, sin embargo, sufrimos con su muerte y nos compadecimos de su triste final. Eso es lo que me gusta de Juego de Tronos, que a veces no sé ni lo que quiero ni quién soy. 😂


La recuerdo eterna y agonizante, exhalando su último suspiro…

Y hoy, ella, la fiel compañera que nos ha acompañado durante tantos años, que ha visto crecer a nuestros hijos, cambiar nuestras vidas y madurar nuestros rostros, ya no está entre nosotros. 

Arrastró en su muerte a personajes muy queridos, pero a todos se los llevó como en un sueño dulce, dándoles la dignidad que merecían: 

Edd, Beric, Jorah y Lyanna murieron como héroes en su batalla contra la muerte; 
Jaime y Cersei lo hicieron juntos como al nacer en una de las escenas más conmovedoras y poéticas de la serie;
Mi querido Sandor murió matando después de que “su Arya" le llamara por su nombre y le agradeciese que la salvase por última vez;
Daenerys lo hizo en brazos de su amor y consiguió finalmente su objetivo de romper la rueda; 
El Trono de Hierro (casi un personaje más), forjado con las espadas enemigas que Aegon I el Conquistador había derretido con su dragón Balerion, el Terror Negro, encontró su final bajo las llamas de un sobrecogedor y dolorido Drogon, dando así por finalizada la era que inauguraron los Targaryen gobernando sobre los Siete Reinos.De igual modo, Daenerys había destruido previamente la Fortaleza Roja, que había empezado a edificarse también bajo el mandato de Aegon. Se cierra así esta parte de la historia de manera circular y perfecta.

Pero como todo caudaloso río que desaparece en el mar, nuestra serie también arrastró la ira de buena parte de los seguidores que olvidaron que esta historia, como la vida, iba por su cuenta y que no dependía de lo que nuestros corazones o cabezas anhelaran. El argumento de la existencia no siempre está lleno de detalles, no siempre es lógico, no siempre nos gusta… Pero es lo que es y cuando miramos atrás siempre pensamos en los momentos de luz que nos ha regalado.

Juego de Tronos ha arrojado un velo mágico sobre mis días, ampliando, como todas las narraciones que merecen la pena, las posibilidades que me ofrece la existencia mortal. He disfrutado de toda la jornada, desde el punto de partida hasta el final, donde todos están donde deben estar, incluso Jon que, por primera vez, ha elegido la libertad por encima del deber, pudiendo de este modo, alcanzar la felicidad que nunca ha tenido.

Escribo hoy para que penséis que lo importante, como me dijo un buen amigo hace poco: “Es el camino, no llegar”. Y Juego de Tronos ha sido un sendero que nos ha ofrecido PURA BELLEZA, como cualquier obra de arte que se precie de serlo. 

Dejémosla estar, dejémosla morir en paz en la pantalla y que viva para siempre en nuestros corazones.


Begoña Roldán Juez, 23/5/2019





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